Fábula de Gubidxa, Mudubina y Xtagabe’ñe

Versión libre de Pedro Román
Viñetas del maestro Delfino Marcial Cerqueda


“Que en sus paladiones Amor ciego
sin romper muros introduce fuego”

POLIFEMO...
Luis de Góngora

Las sabrosas malas lenguas, con el áspero encanto de la veracidad que les es inherente, dicen que la luz del día no es favorable para ejercitar las pasiones del amor.

Mudubina era hermosa como un botón de flor. Su piel sensible estaba siempre en fuga de los inclementes asedios amorosos de Gubidxa, el sol. Se ocultaba de los quemantes rayos por lo que sólo de noche salía a refrescarse. En lo alto de una pequeña colima de mezquites rodeada por pantanos guindaba su hamaca para descansar de tanto acoso.

A lo lejos, por el rumbo que va al encuentro de ese mar coqueto que canta con voz ronca escondiéndose de quienes no participan de su eterno misterio, veía partir a los pescadores con sus redes.

Xtagabe’ñe’ era uno de ellos. Solitario y puntual se aleja de la mirada curva de Mudubina que lo acecha jadeante conteniendo el aliento al contemplar el torso desnudo y las piernas de lagarto que bordean el camino entre huisaches y mangles, integrándose a los esbeltos cactus que se yerguen en el horizonte como espinas viriles.

Nadie sabía nada de esto y mucho menos el ingenuo Gubidxa que se pasea en el otro lado de la tierra confiado en su poder. Envanecido por su fuerza y belleza amanecía risueño y juguetón haciendo auroras de múltiples colores y dibujando escorzos de caprichosas formas.

A la mañana siguiente volvía a incendiar el cielo con su enlumbrecida melena y continuaba gozoso su abrasadora caricia a la fugaz Mudubina.

Ella, cada vez más febril que los calientes halagos que Gubidxa le ofrendaba, y bajo el chismoso cintilar de las estrellas de esas noches istmeñas de ventoleras invernales, volvía a contemplar, con la líbido desbordada, el paso de Xtagabe’ñe’ hacia el mar.

Como siempre, Gubidxa regresa de su habitual descanso nocturno y vuelve con su ruego de fuego a darle un calentón a su bella pretendida que huidiza se esconde de esos juegos fulgurantes y groseros. Estos flagrantes desdenes llenan de risueña soberbia la fatuidad de Gubidxa, que redobla sus intentos para domeñar a la inasible mujer, pintando el cielo poniente de amarillo.

Mudubina, en esas tardes ocres, espera que pase el fascinante andar de Xtagabe’ñe’ con su musculoso torso moreno y sus recias piernas que avanzan por la senda marina. Esto le inunda de zozobra las pupilas como una oleada salobre que después se retira sedeña de ese mar próximo, alucinante y revuelto, pero en triste calma.

Anhela mirar esa marcha inescrutable que con ritmo pujante troncha a machetazos las ramas que han crecido en la vereda que va desde las frescas marismas hasta el estero en donde Xtagabe’ñe’ lanzará su atarraya cuando hayan muerto los últimos rayos del crepúsculo y caiga la noche plagada de estrellas y de peces.

Mudubina al ver ese varonil recorrido que como el del río se dirige hacia el mar, atrapa ilusiones con candente resuello y cimbra su cintura penetrada por un placentera y angustiante sombra roja que le vuela la cabeza.

Xtagabe’ñe’ está pasando las tormentas de su floreciente juventud y se encuentra preparado para más borrascas.

Vive con su madre que es quien vende en la mañana lo que él pudo pescar por la noche, que con frecuencia es poco.

Altiva camina la madre llevando, como todas las vendedoras, sobre la cabeza erguida, la batea en que se asoman las cabezas de los pescados frescos.

Su marido, el padre de Xtagabe’ñe’, la abandonó cuando el niño gateaba desnudo en el patio y, desde entonces, en Juchitán jamás se volvió a saber nada de él. Algunos dicen que se fue con una mujer de la alta sierra, otros mascullan que huyó de la justicia por intensas rencillas sangrientas, Las malas lenguas entrelazan las dos versiones y hacen un solo relato viperino y certero.

Ahora, la madre, enfrenta con valor todas las necesidades. Administra y distribuye lo que puede a los reclamos que hacen varias mujeres que exigen, para los hijos que Xtagabe’ñe’ engendrara con ellas, ayuda para sustentarlos. Esta es una historia muy común y conocida. En muchos lados se narran otras con distintos colores, maneras y percances pero con el mismo argumento.

Esto lo sabe Mudubina más no le importa. Si al ver a Xtagabe’ñe’ se bambolea el cielo que estalla de estrellas y sin que asome el sol.

Ella sabe que este hombre vive como viven los caimanes. Sabe que los pantanos son anchos y son para quien los quiera ...

Cuando Xtagabe’ñe’ arroja las redes no piensa sino en sacar los peces más grandes. Bogando a la deriva en su bote, cuando lo vence el cansancio, sueña con tener una casa solariega de muros gruesos y altos, cuartos espaciosos con techos de tejas rojas, con frondosas bugambilias que se recargan en los marcos de las ventanas y que finalmente se acuestan en los emparrillados, moteando de blanco y rosa con su ramillete de flores. Sueña con un huerto de tamarindos rodeado por palmeras de coyoles. Sueña con tulipanes en que revientan flores coloradas, amarillas o rosas, y olorosos jazmines que perfuman las piedras. Sueña con mujeres solícitas que lo atienden mientras se acurruca en la hamaca en esas tardes en las que el bochorno agota.

Despierta de tales ensueños cuando se sacude el cordón del anzuelo que avisa que ha picado un pez. Nada queda atrás de estas vanas quimeras en las que, por fortuna, no aparecen ni mujeres abandonadas, ni chamacos hambrientos.

Xtagabe’ñe’ es feliz cuando el mezcal lo acompaña y reconforta, cuando lo alegra y lo aclama elevando su autoestima. Canta con bravura los sones de la tierra. Se proclama gran pescador como son los lagartos, y fanfarronea en voz alta de que es tan honesto como esos vigorosos animales: no esconde su cuchillo como los lagartos tampoco esconden sus filosos colmillos. En el clímax del paroxismo grita que es un lagarto; que en Tabasco, tierra de lagartos lo llaman Cipactli, porque así nombran por allí a esos reptiles. Le gusta que le digan así porque lo hacen sentir que sostiene a la tierra y que, por eso, es primero en el tiempo.

En tierra de los mayas lo nombran Itzam, pero sólo a él, porque ven su apariencia de cocodrilo y las chispas de su fuerza mental de mago del agua.

Deja de presumir y se pone a bailar. Se contonea luciendo sus espléndidos músculos como los saurios cuando nadan bajo el agua. Por todo esto, lo apodan flor de lagarto. (No es posible saber si es por cariño o por mofa). Pero en verdad que en el fondo, pero muy en el fondo, Xtagabe’ñe’ es un buen muchacho.

Mudubina no se cansa de contemplar esos movimientos que se vuelven cada vez más lúbricos, si con mayor vehemencia los codicia, En el día se agota hasta el exterminio huyendo del caliente Gubidxa, pero al llegar la tarde sus fuerzas renacen por la proximidad de esa secreta visión tan esperada: ¡Ver pasar a su lagarto! Es cierto que Mudubina no cumple con las pautas que exige la buena sociedad; es libre y feliz como el zancudo alcaraván que tiende su largo berelelear como la coda de una canción que termina cuando quiere. Nadie puede afirmar que sea un dechado de castidades, pero es sincera y solidaria. Baila la Sandunga meneando su falda con el mismo donaire que un viento fuerte mueve las velas de los barcos.

Es cierto que por el himen de Mudubina no tronarían ningún cuete, como aturden con ellos cuando una doncella mancha con la sangre de su sexo el pañuelo blanco que después exhibirá como bandera para comprobar que fue virgen.

Por otro lado, Mudubina no permitiría jamás que le pusieran en la puerta de su casa una cazuela rota como humillan con eso a las muchachas que no se conformaron con salir a beber una espumosa bupu y supieron darle al cuerpo como lo manda el vigor.

Cuando empezó a acechar el paso de los pescadores a todos indiscriminadamente les daba sus favores; pero desde que descubrió la firme cadencia del andar de Xtagabe’ñe’ hacia el mar, dejó de ser dadivosa de su cuerpo y se consagró sólo a verlo desde lejos, negándose por igual a todos los demás hombres, con la misma fuerza con que rechazaba al sol.

Desairar a Gubidxa y contemplar Xtagabe’ñe’ ligaron el ritmo de la vida de Mudubina con un inquietante hilván. Toda esta violencia se repetía con la incesante exactitud que cubre las pasiones, con un halo homogéneo en la desesperada tranquilidad del transcurso de los días y de las noches.

Este ciclo se rompió una vez en que la luna adelanta su salida y prolonga su estadía por la mañana, Mudubina y Xtagabe’ñe’ se encontraron frente a frente con el temblor del instinto por delante y se enmarañaron en un ardoroso abrazo del que no se puede desasir, como los peces que mientras más revolotean, más quedan atrapados en las cuerdas delas redes. Dieron sus ojos, sus bocas y todo lo que más pudieron.

Gubidxa se dio cuenta de este encuentro y reventó sus llamas con las fuerza que los celos desparrama. Una red de fuego circundó el orbe.

La tenacidad de los jóvenes amantes buscó la penumbra de la selva para refugiarse en los cenegales, pero cayeron aplastados entre el fango por el peso del sol incandescente. Quedando condenados, por sus pasiones diurnas, convertidos en flores. De plantas que nacen del lodazal pero que extienden impávidas sus redondas hojas, como charolas verdes que flotan sobre la superficie de las ciénegas, coronadas por esas flores blancas como señal viviente de una pasión empantanada.

Mudubina abre sus pétalos por la noche despidiendo su aroma, buscando llorosa los amores de Xtagabe’ñe’ mientras el sexo erguido de su amante no la alcanza; Xtagabe’ñe’ abre su corola durante el día mostrando sus pétalos como colmillos de saurio insatisfecho, pero Mudubuna duerme protegiéndose del sol que no sabe dormir de día.

Los lagartos del pantano se deslizan entre estos nenúfares con los ojos con llanto. Gimen con verdaderas lágrimas de cocodrilo ante tales amores imposibles.
El sol sobre una montaña lejana escribe sus desdichas con el dedo.


¿Cómo es que una insignificante muchacha desdeñara al astro más hermoso de todo el firmamento?

¿Cómo es posible que Mudubina despreciara el amor infernal que calcina a Gubidxa y, de pronto, en un frágil instante se entregara a un irrelevante pescador?

¿Cómo es que esta joven prefiriera aventurarse hacia un futuro incierto y menospreciara las galas de lo imposible?

Estos son irresponsables misterios de los seres humanos que los dioses nunca lograrán comprender.

¿Qué habría pasado si Gubidxa no interrumpe estos amores y Mudubina pasa a integrar la lista de las mujeres que recuerdan el placer que les dio un insensato lagarto?

¿Mudubina habría conseguido su felicidad domesticando al inconstante Ixtagabe’ñe’?

Y por otro lado: ¿el nunca apercollado Xtagabe’ñe’ jamás levaría sus anclas y voluntariamente ramificaría sus propias redes interiores alrededor de la circunstancial espina en ese cruzado amanecer clavara la osada Mudubina, al usarlo como sumiso objeto de sus designios amatorios?

Todas estas preguntas son torpes misterios que sólo lo dioses pueden vaticinar. Los seres humanos son incapaces de sondear el futuro.

A pesar de todo, solo Gubidxa, al manifestar su flamígero encono, puso eternizar a esta casual pareja al desecarla para siempre haciéndola crecer sobre el fétido pantano, flotando como nadan los lagartos, transformada en dos candorosos nenúfares que cargan en sus tersas corolas el peso de un castigo inmerecido.

Pero, después de todo, los juchitecos al contemplar en los pantanos estas flores acuáticas en que fueron convertidos los integrantes de esta efímera pareja al haber sido sorprendidos por la luz del sol, saben que los escarceos eróticos, el sofocante cachondeo, los besos pasionales y la gloriosa culminación del coito que rompe los linderos del sueño, son más deliciosos en las sombras de la noche que con la presencia del sol que todo vuelve nítido.

Loma Hermosa, 14 de febrero de 1996.

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